Por qué es importante la resiliencia del sistema educativo: Perspectivas de los países socios de la GPE en África
En muchas partes del África subsahariana, las escuelas no operan en entornos estables, sino en la incertidumbre. Un año escolar puede comenzar con optimismo y estructura, solo para verse interrumpido por inundaciones, conflictos o una emergencia de salud pública. Sin embargo, en los países socios de la Alianza Mundial para la Educación (GPE) en África, se está desarrollando algo más complejo que simples interrupciones repetidas. Los sistemas educativos no solo reaccionan, sino que se adaptan, improvisan y, en algunos casos, se transforman.
En este blog, compartimos perspectivas clave de un informe de revisión documental que examinó cómo los países socios de la GPE en África comprenden y ponen en práctica la resiliencia del sistema educativo, los tipos de interrupciones que enfrentan y las estrategias que utilizan para mantener el aprendizaje. Basándose en documentos de política educativa y en una amplia gama de literatura académica y no académica, el informe ofrece una perspectiva transnacional única sobre lo que se necesita para que los sistemas educativos sigan funcionando en medio del cambio constante.
Aquí es donde la resiliencia del sistema educativo (ESR, por sus siglas en inglés) trasciende el concepto técnico. Se convierte en una herramienta para comprender cómo el aprendizaje continúa a pesar de las adversidades y por qué a veces no lo hace.
La resiliencia se manifiesta de forma diferente según la perspectiva
Una de las conclusiones más destacadas del estudio es que no existe una definición única y compartida de resiliencia. En cambio, los países la interpretan a través de sus realidades vividas.
En países frecuentemente afectados por desastres climáticos, la resiliencia suele manifestarse como preparación: construir escuelas más seguras, integrar la reducción del riesgo de desastres en los planes de estudio y capacitar a los docentes para responder a emergencias. En lugares que se están recuperando de epidemias, se manifiesta como la capacidad de adaptarse rápidamente al aprendizaje por radio, impreso o digital cuando se cierran las aulas.
En contextos afectados por conflictos, la resiliencia adquiere un significado completamente distinto. Se vuelve profundamente local. Las comunidades intervienen donde los sistemas formales fallan, organizando espacios de aprendizaje, movilizando a docentes voluntarios y manteniendo la educación en marcha incluso cuando el Estado no puede. En estos contextos, la resiliencia no se trata tanto de que los sistemas se recuperen, sino de que las comunidades mantengan la cohesión.
Esta diversidad de perspectivas cuestiona cualquier enfoque único. También plantea una pregunta importante: si la resiliencia se manifiesta de forma diferente en cada lugar, ¿cómo diseñamos políticas que respondan realmente al contexto?
La interrupción rara vez es un fenómeno aislado; es compleja y multifacética.
Otra conclusión clave es que los sistemas educativos no se enfrentan a crisis aisladas, sino a crisis superpuestas.
Una sequía no solo daña la infraestructura escolar; afecta los medios de subsistencia, obliga a los niños a trabajar y aumenta las tasas de deserción escolar. Los conflictos no solo cierran escuelas; desplazan familias, tensan a las comunidades de acogida y perturban sistemas educativos completos a través de las fronteras. Las crisis de salud pública como el COVID-19 exponen las brechas digitales y profundizan las desigualdades existentes.
Por ejemplo, países como Somalia, Etiopía, Eritrea y Yibuti se enfrentan a sequías y lluvias irregulares, lo que provoca el cierre de escuelas, inseguridad alimentaria, desplazamientos y estrés psicosocial, especialmente entre las comunidades rurales y pastoriles.
Lo que emerge es un panorama de "policrisis" en el que el clima, el conflicto, la pobreza y las emergencias sanitarias interactúan y se refuerzan mutuamente. El resultado no es solo una interrupción temporal, sino una erosión acumulativa de los resultados del aprendizaje, la capacidad del sistema y la equidad. Además, son los estudiantes más vulnerables, tales como las niñas, los niños con discapacidad y aquellos que viven en zonas rurales o afectadas por conflictos, quienes soportan la mayor carga.
Si la interrupción es inevitable, la verdadera pregunta es: ¿puede continuar el aprendizaje?
En los países socios de la GPE, algunas de las prácticas más prometedoras se centran precisamente en este desafío. Durante el COVID-19, los países ampliaron rápidamente el aprendizaje a distancia mediante la radio, la televisión y las plataformas en línea. Si bien el acceso fue desigual, estos esfuerzos marcaron un cambio hacia sistemas educativos más flexibles. Países como Madagascar y Gambia también utilizan herramientas de aprendizaje a distancia para apoyar la continuidad del aprendizaje ante eventos climáticos adversos. Pero la resiliencia no se trata solo de tecnología. También se trata de los docentes: de su preparación para adaptarse, apoyar a los estudiantes en tiempos de incertidumbre y alternar entre diferentes modalidades de enseñanza. Se trata de planes de estudio que reflejen los riesgos del mundo real, desde el cambio climático hasta los conflictos, y de planificación, de contar con sistemas de contingencia antes de que se produzca una crisis.
En este sentido, la resiliencia no se centra tanto en responder a emergencias, sino en integrar la flexibilidad en el propio sistema.
Las comunidades y la equidad son fundamentales para la resiliencia
Uno de los temas menos visibles, pero igualmente importantes, que surgen del estudio es el rol de las comunidades.
En contextos frágiles y afectados por conflictos, los actores comunitarios, incluyendo padres, líderes locales y la sociedad civil, suelen ser el pilar de la continuidad educativa. Gestionan las escuelas, movilizan recursos y crean sistemas informales de apoyo cuando las estructuras formales colapsan. En Liberia, la participación comunitaria y el liderazgo local desempeñaron un papel clave en la restauración de los servicios educativos tras el conflicto, el brote de ébola y las repetidas crisis de infraestructura.
Incluso en entornos más estables, la participación comunitaria fortalece la rendición de cuentas, apoya a los estudiantes vulnerables y ancla los sistemas educativos en las realidades locales. Sin embargo, este rol no siempre se reconoce ni se apoya formalmente en las políticas. Superar esta brecha podría ser clave para construir estrategias de resiliencia más sólidas y sostenibles. Al mismo tiempo, es precisamente aquí donde el reconocimiento político cobra mayor importancia. Cuando las comunidades reciben apoyo formal, como se observa en los programas de reinserción para niñas embarazadas en Sierra Leona, las políticas específicas pueden transformar la resiliencia informal en un cambio sistémico duradero.
La resiliencia suele definirse en términos de sistemas, políticas, infraestructura y planificación. Sin embargo, el estudio deja claro que la resiliencia también implica considerar quiénes quedan rezagados.
La desigualdad de género, la pobreza y la marginación determinan sistemáticamente quiénes pueden continuar aprendiendo durante las crisis. Las niñas se enfrentan a mayores riesgos de matrimonio infantil y abandono escolar. Los niños de hogares más pobres tienen dificultades para acceder al aprendizaje a distancia, mientras que los estudiantes con discapacidad suelen quedar excluidos.
El enfoque de Sierra Leona ilustra este desafío más amplio: además de los programas de reinserción para niñas embarazadas, el país ha implementado políticas específicas para medidas de protección social e iniciativas de educación inclusiva.
¿Por qué es importante?
Sin resiliencia, el progreso en la educación sigue siendo frágil. Años de inversión en acceso y calidad pueden verse anulados por una sola crisis. En regiones donde las interrupciones son frecuentes, el costo de no desarrollar resiliencia es simplemente demasiado alto.
El estudio también ofrece una perspectiva más esperanzadora. En los países socios de la GPE en África, existe un claro impulso y esfuerzos significativos para integrar la resiliencia en la planificación, invertir en sistemas adaptativos y aprender de crisis pasadas.
Lo que está surgiendo no es un modelo perfecto, sino un creciente conjunto de buenas prácticas. Un conjunto que demuestra que la resiliencia es posible cuando se adapta al contexto, es inclusiva y está integrada en todo el sistema.
Mirando hacia el futuro: de la adaptación a la transformación
Si hay una conclusión que se desprende de este estudio, es que la resiliencia no puede seguir siendo una agenda reactiva. Con demasiada frecuencia, los sistemas se diseñan para afrontar la última crisis en lugar de prepararse para la siguiente.
De cara al futuro, el reto —y la oportunidad— reside en pasar de respuestas a corto plazo a una transformación a largo plazo. Esto implica integrar la resiliencia en el núcleo de la planificación educativa, no como un añadido, sino como un principio rector. Significa invertir no solo en infraestructura y tecnología, sino también en las personas, los docentes, las comunidades y los estudiantes, quienes, en última instancia, son los que permiten que los sistemas perduren ante las disrupciones. Significa priorizar la equidad para que los esfuerzos de resiliencia no refuercen las brechas existentes, sino que las subsanen.
No existe una única vía para construir sistemas educativos resilientes. Sin embargo, las experiencias de los países socios de la GPE en África demuestran que el progreso es posible cuando las soluciones se basan en el contexto, se fundamentan en la evidencia y se impulsan mediante la colaboración.